“Más importante que pitar bien, es parecer que se pita algo” (Joao Camoens do Amonal célebre rapsoda y sublevado)
La cara y cruz de ser árbitro es la discrecionalidad (cara) y la necesidad de no enseñar demasiado el plumero (cruz); poder ir por libre es intrínsecamente bueno, y la opinión pública, o mejor dicho, los medios de comunicación que influyen en esta opinión pública, tienden a confundir el “ir por libre” o “hacer lo que a uno le viene en gana”, nada menos que con la independencia y neutralidad en las decisiones arbitrales, que no arbitrarias. Además de esta “neutralidad independiente”, al árbitro se le supone un conocimiento profundo del reglamento (LEY*) así como también la imparcial y diligente vigilancia e implementación de dicho reglamento y normas (DILIGENCIAS Y LEYES**).
(Aunque ellos mismos a veces aseguren lo contrario)
Al árbitro, para parecer bueno además de serlo, no le basta con controlar lo que ocurre en su propio terreno de juego, sino que también necesita observar lo que hacen los otros árbitros en otros partidos y otros campos.
(por ejemplo no olvidar atarse los cordones de las botas)
Porque si los demás árbitros, por poner una verbigracia de las mías, se atan los zapatos, uno quedaría como un tonto cayéndose por llevar los suyos desatados. Y el árbitro que actúa, digamos que en un campo de Barcelona, con demasiada lenidad ante una determinada falta (deportiva) o delito (deportivo), puede quedar en evidencia por culpa del mismo o similar
delito (deportivo), castigado con la debida (o más) severidad, pero cometido en otro partido, por otros jugadores, con otro árbitro y en otro estadio, digamos que Madrid, por nombrar un sitio.







