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La patochada pancatalanista de ayer, aunque temible, previsible, y prevista, ha terminado con la humillación de la Nación Española y de los españoles a manos de los separatistas de esas provincias de la autonotaifa y sus simpatizantes; inestimables aliados de estos delincuentes fueron la pasividad del gobierno(?) que ahora hay en España, y el impulso a las ínfulas secesionistas del gobierno(?) que había antes, ahora instalado en la oposición, y tan simpatizantes con esos provincianos desafectos como cuando gobernaban(?), o lo que fuese que tan desastrosamente hacían desde el poder.

Y lo de ayer fue el mayor caso de corrupción que se haya podido dar en la historia moderna de España, con excepción de la entusiasta suelta de terroristas propiciada por el Triburral de los Derechos Esos de Estrasburgo con su setencia derogatoria de la Doctrina Parot, tan secretamente deseada tanto por el gobierno(?) como por la oposición y su “estado-bis”.

La impunidad con la que se ha llevado a cabo esta ilegal acción deslegitima, por agravio comparativo, todas y cada una de las recientes medidas tanto judiciales como políticas contra el desorden y la corrupción democráticamente instaladas en el país. Las operaciones púnicas, las bromas fotográficas del Niño Nicolás, la medalla que le han quitado a la Pantoja, las gasolineras de Pepiño, Los ERE de Andalucía, y tantas y tantas otras, han quedado empequeñecidas por la patochada de ayer; porque a la patochada de ayer no se le puede llamar declaración de independencia: demasiado sainete u ópera bufa provinciana para eso.

Pero lo de “ópera bufa de provincias” no le quita gravedad al evento jactanciosamente convocado por el gobierno de esa autonotaifa. Jactancia que nace del deseo de humillar a España y al pueblo español, y de la sensación de absoluta impunidad que tienen al percibir un gobierno(?) débil e indeciso; y en ambos extremos están en lo cierto: han humillado a toda España, y no les va a pasar nada.

Porque si es corrupción lo que envuelve al tema financiero, urbanístico, y tráfico de influencias del país, el tema independista es una especie de subproducto putrefacto de todo eso alimentado por complejos de inferioridad de provincianismos, eso sí, justificados; es lo único justificado y verdadero de todo este repugnante sarao: efectivamente, son inferiores y son provincianos.

Pero los que tienen la obligación de implementar las leyes y decisiones judiciales que ellos mismo piden,  no son mejores por dejación de funciones.

Su prensa y medios de comunicación lo llaman prudencia y razones de estado; pero hay quienes opinamos que esa “prudencia” no es más que indecisión y cobardía, y esas “razones de estado” no son más que motivos electoralistas.

Posiblemente somos tontos…pero no tanto. “Si hay que responsabilizar a alguien, responsabilizarme a mí” dice el “Muy Honorable”; sabe que no le va a pasar nada, ni a él ni a sus sicarios.

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